No vas a leer nada alucinante, ni un blog re divertido, ni reflexiones políticas o filosóficas.
Esto soy yo. Este es mi mundo.
Mi mundito y yo.
Pasá y cerrá la puerta, bienvenido.
Esto soy...

Lo único que quiero

Lo único que quiero son unas vacaciones
en el vértigo de tu lengua,
una tregua a la sombra de tu cuerpo sin invierno
y no tener que explicar nada.
Que lo único que quiero es que me llenes la boca
de pájaros al despertar.
Cerrar todas las persianas, abrazarte sin la ropa,
dejar que todo tenga su final.
Y tal vez después asomarme
a ver qué quedo del mundo...

EVA



II

Calle Florida, túnel de flores podridas.
Y el pobrerío se quedo sin madre
llorando entre faroles sin crespones.
Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra
sufrían rencorosos por decreto
y el órgano por Radio del Estado
hizo durar a Dios un mes o dos.

Buenos Aires de niebla y de silencio.
El Barrio Norte tras las celosías
encargaba a Paris rayos de sol.
La cola interminable para verla
y los que maldecían por si acaso
no vayan esos cabecitas negras
a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.
Y los grasitas con el corazón rajado,
rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
Calles de invierno donde nadie pregona
El Líder, Democracia, La Razón.
Y Antonio Tormo calla "amémonos".

Un vendaval de luto obligatorio.
Escarapelas con coágulos negros.
El siglo nunca vio muerte más muerte.
Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
visones ofrendados por el pueblo,
sandalias de oro, sedas virreinales,
vacías, arrumbadas en la noche.
Y el odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lágrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados.
Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lagrimas de abajo.
En plena juventud. No somos nada.
No somos nada mas que un gran castigo.
Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre
sin prever tu atroz peregrinaje.
Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron.

Días de julio del 52
¿Qué importa dónde estaba yo?

II

No descanses en paz, alza los brazos
no para el día del renunciamiento
sino para juntarte a las mujeres
con tu bandera redentora
lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.
Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
metiste a las mujeres en la historia
de prepo, arrebatando los micrófonos,
repartiendo venganzas y limosnas.
Bruta como un diamante en un chiquero
¿Quién va a tirarte la última piedra?

Quizás un día nos juntemos
para invocar tu insólito coraje.
Todas, las contreras, las idólatras,
las madres incesantes, las rameras,
las que te amaron, las que te maldijeron,
las que obedientes tiran hijos
a la basura de la guerra, todas
las que ahora en el mundo fraternizan
sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
única reina que tuvimos, loca
que arrebató el poder a los soldados.

Cuando juntas las reas y las monjas
y las violadas en los teleteatros
y las que callan pero no consienten
arrebatemos la liberación
para no naufragar en espejitos
ni bañarnos para los ejecutivos.
Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio, hermana.

Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.



 
                                                                          María Elena Walsh

En 140 (III)


 

No sos vos, no soy yo. 
Es esperar otro tiempo 
u otra vida 
que nos vuelva a cruzar 
en el momento correcto.





 
(De un tweet leído al pasar, cuyo autor no recuerdo.)


Galeano (IV)


¿Dónde están los cuerpos que se buscaron y se ataron entre sí con nudos de músculos y maravillas y ciegamente creyeron que seguirían para siempre mojados de esos jugos y muertos sólo de risa?

La ciudad, en La canción de nosotros.

En 140 (II)


"Nos conocíamos desde hacía tantos daños
que a veces nos desconocíamos."

(Modif. de un tweet de @Noellee__)

Iluminando caminos


Iluminando caminos, así partió una vez
porque aquel que hace un viaje 
tiene algo para ver.
Aterrada, volando, 
escapando lejos de aquel lugar
donde el cielo y las estrellas 
ya no la acompañan más.
Desorientada vagando 
una puerta abierta la invita a entrar
y otro mundo y otra historia 
están a punto de empezar...
No imaginó lo que iba a encontrar allá
un corazón y una idea por qué luchar
Detrás del viento esa noche 
aquel Sol se fue
con su Baleno aquel día volvió a nacer...
Siento en el aire un rugido de libertad
y como un trueno su abrazo 
se hace escuchar,
siento en el aire sus risas y puedo ver
que hay en sus ojos amor y anarquía...


María Soledad Rosas (Buenos Aires, 1974 - Turín, 1998)


Iluminando caminos (La Semilla y sus narices)

Maria Elena Walsh

Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aqui
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui
sola y llorando.
Hice un nudo en el pañuelo
pero me olvidé después
que no era la única vez,
y volví cantando.

Cantando al sol como la cigarra...

Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
tantas noches pasarás
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.

Cantando al sol como la cigarra...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Gracias por tanto...  


Como la cigarra, cantada por Mercedes Sosa

27/10/2010 - 27/10/2011

"Era un muchachón algo desarticulado. Era un chico grande.Y era un gran peleador. Un guerrero de la política. Un apasionado. Sólo la Huesuda le dobló el brazo. Y porque Néstor se la hizo fácil. Todos se lo decían: pará la máquina, descansá, tomate unos días. No pudo parar. No pudo porque no podía. Porque no sabía. Porque no quería. Es cierto que era un flaco como cualquier otro. Pero también era un flaco como pocos. Como muy pocos. Era un flaco como él solo lo era. Como ningún otro habría podido serlo. Hay tipos así: son únicos. Y habitualmente pasan rápido. Son como una bengala. Como un pistoletazo. Néstor sólo estuvo siete años en la política visible de nuestro país (antes era el gobernador de una provincia de un sur lejano, frío). Evita, desde 1945 a 1952, lo mismo: siete años. No quiero equipararlos en nada. Son distintos, sus tiempos fueron distintos, sus circunstancias, el mundo que los rodeó. Pero hay gente que necesita poco para trazar un marca profunda, imborrable en la Historia. Acaso ésa sea su grandeza, pero es también su gran debilidad. Porque se van pronto. La Muerte se los lleva como si quisiera castigarlos por amar tanto la vida. Entonces se mueren y ganan la inmortalidad. Pero uno sabe que habrían preferido seguir vivos, seguir así, pisando la tierra, peleando, discutiendo, apasionándose, haciendo todo lo que hacían cuando respiraban el aire de cada mañana y salían a la calle, pisando fuerte, llevándose la vida por delante."

José Pablo Feinmann: 
"El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner"
(Fragmento)

12/10

¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?
¿Quién dijo que tu progreso no está podrido?
Bajo tus uñas la sangre,
la historia gritando
mentira o verdad.

¿Acaso se te ha ocurrido pedir perdón?
Menos se te ocurrió devolver un peso.
Guarda que el indio despierta
y las deudas son deudas
acá o en tus bancos de mierda.

La gorda en su cuna creció vigorosa
masticando tripas de México y Bolivia.
Desarrollando lenguas,
artes, ciencias, amores,
un trampolín sin freno a las cumbres humanas...

Y pintan tus pintores, suena tu música fina,
siguen creciendo sanitos tus niños, tus niñas.
Europa y tu simiente de choreo y de muerte,
la belleza de los vencidos
aún pudre tu frente.

¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?
Huele a toba mutilado,
cacique descuartizado,
negro secuestrado
muriendo a latigazos.
Hospitales saturados,
pobreríos infectados,
pibes que no llegan a ver
ni un puto carnaval...

Y pintan tus pintores, suena tu música fina,
siguen creciendo sanitos tus niños, tus niñas.
Europa y tu simiente de choreo y de muerte,
la belleza de los vencidos
AÚN PUDRE TU FRENTE.

(EUROPA - Arbolito)
Inspirada en un texto
de Juan Gelman 
del libro Exilio 
(Roma, 1980)

Cinco siglos igual...

Rejas

Reja grande, rejas chicas
rectangulares y redonditas
reja en la sombra, rejas al sol
reja en el vidrio y en el farol

Reja en ventana, en ventanita
en la persiana o en la puertita
en la vidriera, en el cantero
en la vitrina, en el basurero

Rejas de adentro, reja de afuera
rejas más grandes, rejas austeras
rejas lujosas, reja encerada
¡rejas que no enrejan nada!

En el escalón no te dejan sentarte
que las palomas vayan a otra parte
las puntiagudas y la redondeada
y con filete bien decorada

Rejas detras, reja adelante
rejas que crecen en cualquier parte
protegen a humanos de seres humanos
¡vivimos tranquilos con todo enrejado!

Rejas con plantas, reja plantada
las rejas puestas y abandonadas
en el potrero, en la alcantarilla
¡y pa secar el trapo rejilla!


Reja oxidada con telaraña
rejas arriba de la montaña
y en el campo lugar tan grande
parece mentira, ¡la reja es alambre!

En el altar de la virgencita
rejas enfrente de la mezquita

Reja con llave, electrificada
con candado o programadas
rejas rojas, reja amarilla
¡y nos pedimos papa rejilla!

Rejas aquí, rejas allá
donde las busque las puedo encontrar


Reja en el puente de la autopista
siempre que miro una reja a la vista
en el garage, en la cortada
una gran cárcel pero comprada

Rejas que evitan lo inevitable
crecer así ya no es saludable
rejas que rajan de las soluciones
rejas que no te dejan opciones

Rejas palpables, reja ajena
rejas propias, reja nuestra
rejas en el parque, en la piscina
reja que aleja y discrimina

Y las hamacas están quietitas
y en el arco nadie ataja
en el pastito ni una nenita
¡es que hay reja hasta en la plaza!

Y el árbol grande está entristecido
y en su sombra nadie descansa
en sus raíces ni un chico camina
¡es que hay rejas hasta en la plaza!



 

JULIO

Julio se fue con septiembre y agosto se lo salteó. Nadie sabe qué pasó, agosto desapareció. Cuentan historias lejanas que un día un árbol lo vio marcharse una noche sin luna y con un ángel volvió.
Pero esta vez es distinto, él nunca más regresó. Las urnas estaban llenas pero igual no alcanzó.
Con él se fueron las canciones de toda su generación y por lo mucho que pelearon sólo la espalda mostró.
Julio se fue con septiembre y agosto se lo salteó. Nadie sabe qué pasó, agosto desapareció.
Con él se fueron las canciones de toda su generación y por lo mucho que pelearon sólo la espalda mostró.


Solos


Al crepitar del fuego salimos corriendo,
solos tu y yo,
cuando todos dormían,
entrelazadas nuestras manos,
anudados los corazones,
silbando la melodía del ser libre,
engañados,
por nosotros mismos,
creyendo ser únicos e irrepetibles,
pero solo siendo nada en pos de la nada,
más no importa, nos sabemos fracasados,
solo puntos suspensivos,
solo corrientes de aire,
solo intervalos entre una luna y otra,
solo silencio,
solamente solos,
yo contigo y tu conmigo,
incomprensible trajinar de cuerpos,
pero solos,
amando, sin saberlo, a la soledad,
tu conmigo y yo contigo,
pero solos.
 
Kutxi Romero

Pausa.

Hoy me dí cuenta lo mucho que los quería, que los quiero y que los extraño. Nunca dejé de hacerlo, pero viste, ¡clic! y te das cuenta. Cómo nos jugó en contra la distancia. Aunque a la vez provocaba esa cosa emocionante de esperar siempre las vacaciones para verlos. No fue hace tanto y sin embargo me acuerdo tan poco. Cómo se van borrando los recuerdos, de a poquito... Me gustaría ponerle pausa a esta des-grabadora y que queden ahí, guardados pero a mano, todos los momentos que pasamos juntos. Quisiera no retener el fixture del torneo, las fechas de exámen, los recitales de alguna banda pedorra y de alguna banda buena también, con tal de que siempre me queden esas imágenes pasadas.
El olor a la casa de los abu, a sus plantas, a la sopa de verduras de la abuela y a la colonia del abuelo. El diario que no hay que romper para que lo lea Betty, los sanguches de mortadela Paladini al costado de la pile, siempre acompañados de un mate cocido calentito, a pesar del sol. La peluquería, los espejos, las viejas con ruleros y los dedos de la abuela lavandome la cabeza como nadie nunca lo va a poder hacer. El cine, los jueguitos, las hamburguesas y chau la jubilación del abuelo. ¿El precio? Las anécdotas contadas una y otra vez. Ahora me río, lo veo hablandome y me las acuerdo tal cual.
Después la época fea, la despedida, y no recordar cuándo te vi la última vez. Un 'hasta siempre' mío, un 'ya voy' del abuelo. ¡Cómo te extrañaba el abuelo! No podían estar separados. Por eso se fue con vos.
Creo que nos deben extrañar los dos, como todos nosotros a ustedes. Y a los mimos del abuelo y a las masitas de coco de la abuela. Y a todos esos momentos que, al final, creo que recuerdo bien.

Autobiografía


Nací un 5.
Viví, del 1 al 31
todos los días
al menos una vez.
Sin morir
renací un 7.
Un 27 me morí un poquito.
Dormí muchos días 
y desperté
por demás
muchas noches.
Morí de a poco
con cada luna. 
Nací, otra vez
también de a poco.
Del 1 al 31
varias veces.



Perder.


A veces el miedo a perder es tan grande 
que ganar no es una posibilidad. 

(Sebastián Schleig Pagura
en callesinsalida.blogspot.com
el 24/8/2011)

(A vos insensible...)

"El que dice pensar y no interviene, el que se asume intelectual y no se mete, el que se rie mientras otros lloran, el que ve la pobreza como un fenómeno, el que no tiene ni una gota de sangre en las venas, el que disfraza en su mirada la envidia más dura, el que goza al ver dolor ajeno, el que por dentro es musgo, basura y miedo, el que se cree el más poronga y no es más que un sorete pequeñito, el asesino burocratico, el verdugo ciudadano que adora escupir para arriba, el otario alcahuete que se respalda en lo autoritario y es un desgraciado peón de ajedrez.
Esos que son puro que-me-importa- a-mi-no-me-metas, dichosos se creen por que ignorando todo igual son dueños de las sombras y los rayos, pero en realidad son diminutos, cagones y buchones, la vida no entra en sus pulmones, no tienen sangre en las arterias tienen titulos de diarios, su esqueleto no es de huesos, es de polvora y sirenas.
entre ellos voy rodeado, sus miradas me incomodan, me acechan y olfatean. Pero mi cabeza es maquina que recicla, me tiran mierda yo devuelvo un clavel, me escupen y refriegan mi pasado yo humildemente les obsequio una poesia. Admito mis escalofrios, mis temblores, mi conciencia repleta de adrenalina, acepto acusaciones de zurdo, de K, de N, de M... mi defensa es simple; ¡soy libre y sobreviviente!.

Camilo Blajaquis."


(Publicado en camiloblajaquis.blogspot.com el 28 de octubre de 2010)

N.O.B.


 
 
 
 
 
 
 ¿Cómo dejarte si te llevo conmigo?
Nunca he podido arrancar tu corazón de mi corazón.
Hasta el domingo, mi amor...






Newell's de mi vida, vos sos la alegría de mi corazón...

La pequeña novia del carioca

Un día después 
(después de vos...) 
crucé los dedos.
La barca pasó 
y el río quedó, al fin, quieto.
Sólo un cuento fue 
que ayudó a pasar un buen rato.
Un castillo de naipes que cayó 
y palabras baratas.
En el aire entre los dos 
brilló una copa rota.
Mala suerte, 
mi palma dio un destino oscuro.
Un dulce licor de romero 
fue la mala idea loca.
¡Te vas a enterar por esta canción 
para el carioca!
No sueño más con vos, 
ya cayó otra flor del cielo.
Te voy a robar esta canción de amor 
y de consuelo.
A la suave luz de la luna 
vi tu espalda.
Hay un lugar allí para mis huellas 
y un lunar nocturno.
Apostamos mal, 
serás más feliz vagabundeando.
Muy poco amable fui, 
nada nuevo vi en tus ojos.

Mi bufanda roja



Esta tarde atendí a Rocío. Una paciente a quien conozco desde hace más de diez años. Tiene un tumor retroperitoneal con múltiples metástasis. Es diabética, le colocamos un marcapasos hace un año, después tuvo un infarto. Ya no es posible operarla ni hacerle más quimioterapia. Tiene 68 años, ha sido maestra y directora de escuela durante toda su vida. Siempre me regala libros que ella lee antes y que vuelve a comprar para mí. Casi siempre los comentamos en la siguiente visita. Desde hace un mes no quería verme porque bajó mucho de peso -37 kg- y su dentadura postiza ya no le servía. Ahora tiene una nueva, por eso vino hoy. No quería que yo la viese así. Usa un pañuelo sobre la cabeza que nunca se saca delante de otras personas. Se pinta los labios y los ojos con discreción pero regularmente. No me dejó quitarle los pantalones para revisarla porque no había podido depilarse las piernas. Me trajo de regalo una bufanda roja de lana gruesa sin terminar ya que no cree que pueda seguir tejiéndola. Quería tenerla lista para esta fecha, es mi cumpleaños, pero le resultó imposible. No se la acepté. Le dije que la quería terminada y no por la mitad. Que ella podría hacerlo. Que todavía teníamos tiempo y que este no sería el último invierno. Le mentí. Yo sé que ya no será posible. Que nunca podrá terminar mi bufanda. Lo aceptó. Sospecho que más por darme el gusto que porque se haya convencido. Antes de irse me abrazó con una intensidad rara. Muy distinta a otras veces. Yo también lo hice. Nos apretamos mucho y durante un largo rato. Ella percibió el mínimo temblor de mis brazos. Mi respiración algo agitada. O no sé qué cosa. Me acarició la cara, me besó varias veces. Creo que nuestros cuerpos se dijeron adiós. Pero no pudimos decirlo con palabras. Antes de salir del consultorio, ayudada por su esposo y su hija, volvió sobre sus pasos. –“Leí en diario que publicaron otra novela de Sandor Marai. Esta tendrás que leerla vos solo”. Volví a tomarle las manos. –“No Rocío, mejor la leemos los dos y después charlamos”. Se acercó a mi oreja en puntas de pie. Tuve que sostenerla. – “No me trates como a una tonta. Vos nunca lo hiciste. Y, a propósito, dejate de joder y se feliz de una vez por todas. Se te nota en los ojos. Te quiero mucho”. Nunca antes me había tuteado. Jamás le había escuchado decir una palabra grosera. Algo había cambiado esta tarde. –“Yo también te quiero mucho. Estás preciosa maestrita”. Le dije sin pensarlo demasiado. Se fue. Vi arrancar el auto con su sombra pequeña a través de la ventanilla. Desde los árboles llegaba un estruendo de pájaros. El siguiente paciente abrió la puerta del consultorio. Me miró sin animarse a entrar. Me quedé pensando de pie frente a la ventana. No supe qué hacer con lo que había vivido durante esos pocos minutos. Desde hace un tiempo he comenzado a sospechar que mis pacientes son mi remedio. Que ellos me atienden a mí y que el enfermito soy yo.

D.F. 
(publicado en el portal IntraMed, el 25/julio/2011)

Risas

Todos nos reimos. Algunos más, otros menos, todos tenemos algún momento en que sonreimos de compromiso, de ternura, recordando... También nos cagamos de risa a veces, quién no. O tratamos de ocultar alguna sonrisa que empuja por salir ante alguna desgracia ajena (el que esté libre de pecado...). 
En fin, las risas y las sonrisas siempre tienen un momento y una persona donde meterse. Desde sonrisas tímidas que no muestran ni los dientes, hasta carcajadas que nos pueden hacer -literalmente- mear encima. 
Pero una vez, hace  mucho y a la vez tan poco, conocí a un pibe que se reía de una forma muy especial. Sí, todas las risas son únicas y especiales, pero esta era diferente a todas. 
El pibe se reía con los ojos. Si lo veías de lejos, o sin mucha atención, no te dabas ni cuenta que se te estaba riendo en la cara. No de malo, eh. Bah, no creo.
También se reía como cualquier otro, sonreía por compromiso, sonreía porque sabía que con eso compraba a cualquiera, se reía con la boca, como todos. 
Pero estaba ese ratito, algunas veces más largo que otras, que le cambiaban los ojos, las arruguitas se le ponían de otra forma, no sé. Creo que se lo dije alguna vez, y estoy segura que su respuesta no fue más que una risa de esas. Era suficiente, igual.
Probablemente no vuelva a ver ese momento, ese ratito, esa risa rara, y no sé si alguna vez alguien más se dará cuenta que existe.
Ojalá que sí.